Esquel

12 - Los últimos días II (sigue)

Abner Chamson
paciente de Ataxia de Friedreich
47 años (2017)


Fuimos a dormir entonces... Al día siguiente, nos levantamos no muy tempranito que digamos, a eso de las diez y pico... (Pero igual estábamos de vacaciones y nadie nos pondría media falta)

La charla “hasta que la ‘leña’ no arda” de la noche anterior había saqueado todas nuestras provisiones de leña, así que antes siquiera de pensar en tomar el desayuno tendríamos que reaprovisionarnos de leña... A no ser claro que estuviéramos dispuestos a tomar el café frío... NI LOCOS!!!

Así que, a buscar leña nomás...

Después de que terminamos de prepararnos el desayuno y engullirlo (y lavar las cosas en el río), ya estábamos listos para salir (ya era hora!).

Llevamos pocas cosas, entre ellas la cámara de fotos, y fuimos a la playa. Caminamos por la orilla del lago hasta la bahía que habíamos descubierto el día anterior, y rodeando las rocas que habían interrumpido nuestro paso anteriormente, llegamos hasta la segunda bahía, bastante mayor. El agua no estaba tan fría como en el resto del lago, la superficie estaba planchada y casi no se sentía ni un poquito de viento.... El lugar, era ideal para bucear ya que, además, al estar mucho menos agitada, el agua era aún más transparente que en el
resto del lago, y, vista de arriba, tenía una coloración azul verdosa que iba desde un verde esmeralda bien claro, casi blanco ceniza, cerca de la playa hasta un verde azulado bien oscuro donde la profundidad era mayor...

Decidimos ver que había más allá de esa bahía... Pero como la playa estaba bastante pantanosa, tendríamos que apartarnos hasta el camino, donde avanzaríamos unos cien o doscientos metros para luego volver al lago...

Cuando llegamos al camino nos encontramos con un cartel que decía “Laguna Larga 3.8 km”... De inmediato, perdimos interés en la ‘monotonía’ del lago y sentimos la ‘urgente’ necesidad de conocer esa nueva maravilla...

Sólo seguimos unos trescientos metros por el camino cuando vimos un pequeño senderito que se apartaba del camino en dirección, precisamente, de la susodicha laguna... Parecía ser un camino más directo, que cortaba por el bosque donde el camino principal daba mil vueltas... Además, seguramente sería menos monótono. Sin pensarlo dos veces, elegimos el sendero y cada vez que mirábamos el camino, éste subía y subía... Bueno, “si sube después tendrá que bajar, ahí nos lo vamos a encontrar de vuelta y vamos a estar bien contentos de habernos ahorrado esa trepada”, pensamos. Pero al rato vimos que el camino ya había alcanzado la cima y efectivamente empezaba a bajar... Sí, pero del otro lado...

Oh, oh! ¿y ahora?.... Bueno, a no desesperarse, seguiríamos por el mismo senderito que ahora empezaba a subir y luego de rodear el cerro, seguramente se reencontraría con el camino...

Pero a medida que seguíamos por este sendero, éste estaba cada vez menos marcado, ya casi ni se lo distinguía, y cuando llegamos a un pequeño claro del bosque, no pudimos encontrar para donde seguía... Todavía nos quedaba bastante por trepar para llegar a la cima, pero si seguíamos un trecho horizontalmente el cerro se acababa y podríamos pasar del otro lado, alcanzando la laguna por su otro extremo...

Bueno, sí, se dice muy lindo, pero ese día no pegábamos una, y no íbamos a seguir arriesgándonos. Ya estábamos con bastante hambre y tremenda sed (la verdad, hoy me doy cuenta de que estábamos locos de emprender esa caminata sin siquiera una cantimplora con agua), y decidimos que mientras yo me quedaba ahí con todas las cosas, Pablo iría de una corrida hasta la cima y se fijaría si lograba ver algo del otro lado, y si no, nos volvíamos sin más...

En cuanto se fue, me sorprendió un ladrido, y al ratito apareció un perro.

“Bueno, si hay un perro seguramente hay alguien cerca” , me dije.

Efectivamente, al ratito apareció un paisano con su caballo recogiendo leña. Aparentemente, se sorprendió bastante de encontrarme ahí, y cuando le pregunté si por ahí podríamos llegar a la laguna, se me quedó mirando como si le hubiera preguntado una incoherencia total, y por fin respondió (bastante divertido por cierto):

- ¿Laguna Larga?... NOOOOooooo... Ni loco! Por acá nunca va a llegar a la laguna!

Mi confusión podía ser que le causara cierta gracia y aflorara un poco de ese orgullo del campesino cuando puede sentirse superior que esos ‘arrogantes’ citadinos que se creen dueños del mundo, pero también sus ojos denotaban un cierto temor de que en realidad estuviera tratando con un loco...

Bueno, y cuando entré a los gritos a llamarlo a Pablo, ¡qué cacho de susto! Estaba seguro de que ante sí tenía a un LOCO con todas las letras, se santiguó unas tres veces, y cuando Pablo finalmente apareció, su desconcierto fue mayúsculo...

Estábamos realmente perdidos, o ahora estaba ante dos locos. Bueno. Se fue dando cuenta de que TAN locos no estábamos y sí, estábamos bastante perdidos... Nos fue indicando como volver hasta el camino y de ahí podríamos ir hasta la laguna (ahora siguiendo un camino bastante importante, del que no podríamos perdernos tan fácil) o podíamos volver al campamento...

Cuando nos despedíamos de él, dándole las gracias por sus instrucciones, le pedimos si sabía dónde podríamos encontrar un poco de agua para tomar, entonces nos indicó que si seguíamos este camino íbamos a pasar al lado de su casa, y allí encontraríamos a su mujer a quien le podríamos pedir algo de agua y si queríamos le podíamos comprar quesos y mermeladas caseras...

Al llegar a la casa siguiendo sus indicaciones, encontramos efectivamente a su mujer. Al principio se sorprendió un poco al vernos, pero cuando le dijimos que su marido nos había mandado para allí y le explicamos lo que queríamos, fue toda hospitalidad y nos invitó a pasar a su modesto rancho mientras iba a buscar el agua. Su morada era bien simple, y ahí estribaba su belleza. Cuatro paredes, un techo, una puerta, una ventana, una mesa, dos sillas, un sillón viejo, un televisor blanco y negro... Aunque esta modestia extrema no quitaba que la limpieza fuera absoluta. Cuando ella volvió con el agua, también traía pan, queso y su marido que ya estaba de vuelta.

Insistieron en que comiéramos un poco de pan con queso.... Bah!, insistir, no tuvieron que insistir mucho que digamos, apenas si hizo el ademán de que iba a ofrecernos que nuestros famélicos estómagos agarraron viaje. Mientras degustábamos ese exquisito manjar (está bien estábamos con hambre, pero además hay que decir que estaba bueno en serio) nos entretuvieron contándonos la historia de su vida y realmente ponían tal entusiasmo, que uno se iba convencido de que esa era la mejor vida del mundo...

Nos podíamos haber quedado horas charlando un poco de todo, y se veía que ellos hubieran estado encantados (es que estando todo el tiempo tan solos, se ve que para ellos es una verdadera alegría cuando pueden contar esas pequeñas cosas a alguien...), pero estábamos fulminados así que luego de un ratito de charla y de comprar un par de quesos, seguimos viaje.

Nos volvió a indicar el camino (¿habrá creído que nos iríamos a perder? Me pregunto de donde habrá sacado esa idea tan absurda...) Era sólo seguir el senderito y en unos doscientos metros llegamos al camino. Allí oímos un ruido de agua que cae, y al levantar la vista, nos encontramos con que enfrente se levantaba un enorme paredón de roca, con tres o cuatro hilos de agua que caían unos 30 metros. La escena era fantástica, de una belleza sin... Bueno, listo, sigamos...

Y seguimos viaje, SIN SIQUIERA ATINAR A TOMAR UNA FOTO!!!

Abner